9.10.10

Sí.

No busco un sí compartido.
Sólo un sentimiento definido.

Mundo patético.

Era un mundo extraño, un mundo de enanos y gigantes. Andar por las calles era encontrarse en un laberinto de espejos que deforman la realidad. Farolas de tu altura, flores de cinco metros, personas de todos los colores y formas, con los ojos en los pies y las manos en los hombros, o con la espalda por delante y el pecho por detrás, o simplemente andando de cabeza.
Es un mundo borroso, acuoso y de colores grisáceos, en el que destacan los colores de los ojos de las personas, colores que nunca se repiten dos veces. Juegan a contar las baldosas de la calle y a evitar atropellos de perros gigantes, cuyos ladridos son ensordecedores.
Aparece una persona, sólo una, con las cuencas vacías, una altura sin definir y un color singular, cambiante.
El mundo es patético a su lado. Hasta las flores de cinco metros se sienten diminutas.

Escultor.

Son miles de piedras de mármol, irregulares y puntiagudas, de distintas formas y tamaños. 

Era una estatua de mármol. Grandiosa, blanca pura, perfecta, de proporciones equilibradas y sencillas, con una desnudez vergonzosa, sincera,...

Ha sido la ira del escultor, asesino de la única obra de su vida.

Deseo.

Reconozco que me parece una tortura que alguien le doble las hojas al libro.
Peco del deseo de querer arrancarlas y quemarlas. No de todos. Sólo de uno.

Gordos.

El antro es cutre, guarro, en el suelo se acumula basura de hace una semana. Suena música mala y sólo hay gordos fumando puros, bebiendo whisky y jugando al guiñote.
Cayetana, muerta de asco, se sienta en una de las banquetas de madera, limpiándola antes de las migas que tiene encima, y pide una cerveza. Sabe que los gordos la están mirando con ojos saltones y pensamientos obscenos, puede que se le esté viendo la raja del culo, pero no hace intento de tapársela con la chaqueta.
No vierte la cerveza dentro del vaso, se la bebe a morro como si fuera todo un macho y después se limpia la boca con la manga de la camiseta. Se da la vuelta, apoyando la espalda en la barra y abriéndose de piernas. Las miradas ya se convierten en auténticas proposiciones indecentes para una joven de esa edad. Pero Cayetana se siente deseada. Quizás por su cuerpo, puede que por su atrevimiento. También siente repugnancia hacia esos hombres y, posiblemente porque ese asco es más fuerte, se bebe lo que le queda de cerveza de un trago, deja tres euros en la barra y se despide de los gordos relamiéndose los labios.

3.10.10

Hace tiempo que huye, que se cansa de correr y de esconderse detrás de las esquinas y en callejones sin salidas.
Coge las llaves del coche y el rugido del motor al arrancar le recuerda los viajes en familia cuando tenía cinco años e iban a la playa. Su padre contaba canciones de los años ochenta y su madre se mandaba mensajes con su amante. 


Ella no se pone un destino. Parará en el primer puerto que encuentre cuando baje de la ciudad. Quizás deje de perseguirse a sí misma en un paseo por altamar.

2.10.10



Me gusta el azul, pero el sabor del sugus de este color nunca fue mi favorito.